Lo que tu padre no alcanzó a perfeccionar, Dios lo sigue usando para formarte
Ningún padre llega al final de su tarea con un registro perfecto. Lo sabe el que hoy cría hijos pequeños y se pregunta si lo está haciendo bien, y lo sabe también el que ya los vio crecer y solo le queda revisar el camino recorrido. La paternidad no produce expedientes perfectos. Produce, eso sí, un manual de vida que cada hijo recibe sin haberlo pedido, y que lee durante años antes de entender del todo lo que contiene.
Ese manual no se escribe únicamente con genes. Se escribe con decisiones, con ausencias, con palabras dichas a tiempo y otras que llegaron tarde. Por eso convertí en frase algo que aprendí observando mi propia historia: todo padre deja a sus hijos un ejemplo por imitar, como uno por evitar. Las dos páginas existen en el mismo manual. Ningún padre escapa de dejar ambas.
Lo que dice la Palabra
El apóstol Pablo, en su carta a los efesios, lo planteó así, sin rodeos: "Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa, para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra"*. El mandato no viene condicionado a que el padre haya sido intachable. Viene unido a una promesa, lo cual indica que Dios sabía exactamente con qué clase de padres tendríamos que lidiar: imperfectos, en proceso, a veces ausentes, casi siempre haciendo lo que podían con lo que tenían.
Esa honra no es un elogio que se otorga solo cuando se ha ganado. Es una postura del corazón que Dios pide, precisamente porque sabe que honrar a alguien imperfecto cuesta más que honrar a alguien intachable. Y aquí entra otro versículo que tantas veces citamos a la ligera: "Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados"**. Todas las cosas incluye también los aciertos y los errores de nuestros padres. Dios no necesita un padre perfecto para formar un hijo conforme a Su propósito. Necesita un hijo dispuesto a dejarse moldear, incluso a partir de lo que su padre hizo mal.
Dos generaciones, una misma necesidad
Quien hoy cría hijos pequeños vive bajo una presión que antes no existía con esta intensidad: la comparación constante con la paternidad que se exhibe en redes sociales, esa donde todos los padres parecen tener paciencia infinita, desayunos perfectamente balanceados y una cámara lista justo en el instante del abrazo espontáneo. Lo que el algoritmo nunca publica es la noche sin dormir, las ausencias que lastimaron, la corrección hecha con la voz quebrada o la disculpa que costó pedir después de haber perdido la paciencia. Ese padre necesita escuchar algo distinto a lo que el algoritmo le repite. Necesita saber que no está obligado a ser perfecto para ser fiel.
El padre con hijos ya adultos carga otro tipo de peso. Mira atrás y ve lo que faltó, lo que sobró, lo que hubiera querido decir de otra manera. A ese padre conviene recordarle que su historia no terminó el día en que sus hijos salieron de casa. Sigue siendo un manual abierto, y todavía puede añadir páginas de amor, de gracia, de cercanía, de palabras que sanan lo que el tiempo dejó pendiente.
Lo que les toca a los hijos
Aquí está el punto que con frecuencia se omite: la honra que Dios pide no depende de que el padre haya cumplido un examen de perfección. Depende de que el hijo reconozca, con madurez espiritual, que ese padre —con sus aciertos y sus errores— fue parte del plan que Dios usó para formarlo. Reconocerlo no es minimizar el daño que algunos padres causaron. Es entender que incluso ese daño, puesto en las manos de Dios, puede convertirse en la página del manual que dice "esto no lo voy a repetir".
Y quien ha recibido ese manual, con sus dos tipos de páginas, tiene ahora la responsabilidad de escribir el suyo propio. No para los padres que fueron, sino para los hijos que vienen. Buscar ser un padre —o una madre, si se trata de una hija que hoy cría— conforme al corazón de Dios no es una opción decorativa para el cristiano. Es la manera en que honrar a un padre imperfecto se convierte en herencia entregada a los hijos que vienen.
El manual sigue abierto
Más allá del genoma, lo que de verdad queda de un padre es la huella que dejó en sus hijos: en la manera de pensar, de creer, de amar y de servir a Dios. Esa huella no se borra con los años ni se cancela por los errores cometidos en el camino. Se transforma, en las manos de Dios, en material de formación.
Esa frase —un ejemplo por imitar, como uno por evitar— no nació en un escritorio. Nació de releer mi propia historia con mi padre y reconocer que las dos páginas estaban ahí, escritas con la misma tinta. Esa historia no fue sencilla: hubo años de distancia real entre nosotros, una ruptura que también tocó a otros en mi familia, no solo a mí. El camino de regreso empezó con el perdón, al ir entendiendo todo lo que tenía que perdonar, y ese perdón nos dio años para construir una relación distinta a la que tuvimos antes.
Pienso, todavía, en lo que quisiera hacer de nuevo con él. Algunas de esas cosas las vivimos juntos, y solo querría repetirlas sin la prisa del reloj: las conversaciones que se alargaban sin que nadie viera el tiempo, los himnos que cantábamos juntos, el deseo de seguir conociendo más a nuestro Salvador, cada quien a su paso y en su estilo, pero en la misma dirección. Mi padre fue creyente, y esa certeza sostiene mi memoria de otra manera: sé que hoy descansa en Cristo, y eso convierte el anhelo en espera, no en pérdida.
Si hoy crías a tus hijos, tu tarea no es la perfección, es la fidelidad. Si ya los viste partir, tu historia no ha terminado de escribirse. Y si tú eres hijo, hoy es buen día para honrar al padre que tuviste, con sus páginas por imitar y sus páginas por evitar, y para empezar a escribir, con la Biblia como fuente de la verdad necesaria y el Espíritu Santo como guía, el manual que algún día alguien más leerá.
*Efesios 6:1-3, RV60.
**Romanos 8:28, RV60.
Este artículo retoma y desarrolla algunas ideas de "Más allá del genoma", un texto que escribí en memoria de mi padre, Pablo Mario David Franco Reyes. Quien desee leerlo puede encontrarlo en el blog yalevantate.blogspot.com, fechado en junio de 2011.
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