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La parábola del Futbolista


Había un hombre que se dedicaba a practicar el voleibol. Un día fue invitado a conocer un deporte diferente: EL deporte. Entonces conoció el fútbol, y supo que debía convertirse en futbolista; había sido elegido y llamado para serlo. Ese día "nació" el Futbolista.

A partir de ese día, él entrenaba todo el tiempo que podía. Siempre se presentaba con su uniforme deportivo: playera del equipo, pantaloncillos cortos, calcetas, espinilleras y zapatos de fútbol. Los lunes iba al campo de fútbol y corría, ¡vaya si corría durante varias horas! Los martes hacía calentamiento y practicaba dominar el balón; y sí, poco a poco lo fue dominando cada vez mejor. Los miércoles, junto con todo el equipo practicaba las paredes, los tiros libres, los penales y jugaban en equipo; una experiencia que solo se repetía, con un sentimiento de mayor integración, los domingos que jugaban en el estadio. Los jueves y los viernes cada uno practicaba en el campo sus técnicas individuales y los sábados, los sábados era para el descanso, pero en su mente y en cualquier oportunidad, él repasaba las jugadas practicadas para hacerlas parte de su naturaleza.

¡Qué perfecta era su vida futbolística!

Pero un día, los dueños del equipo decidieron hacer un cambio. ¿Por qué no hacerlo, si finalmente ellos eran los dueños, los que mandaban, los que hacían lo que querían? Pues bien, ese lunes posterior a la junta de la directiva con los dueños, nuestro futbolista llegó como siempre, pero no halló lo de siempre. A la entrada del campo, lo esperaban con un uniforme diferente. Desde ahora, tendría que usar un uniforme "nuevo": playera halter, pantalón largo, calcetines finos y sandalias. En vez de usar un balón de fútbol, tendría que usar pelotas de ping-pong. La cancha de entrenamiento y juego sería reducida al tamaño de una de basquetbol, y las porterías tendrían una forma circular y serían sensiblemente más pequeñas: de dos metros de diámetro. Los miércoles ya no practicarían en equipo, sino que serían sorteados para pasar ese tiempo con la directiva y los dueños jugando al ajedrez. En las prácticas de lunes, martes, jueves y viernes, un enviado de la directiva se integraría con ellos para intervenir en cada jugada, cada técnica y hasta en cada plática y broma. Ya no tendrían entrenadores —porque en el pasado, por reglamento tenían varios de ellos—, ahora habría un motivador profesional que les arengaría constantemente durante las prácticas con algún mensaje dictado directamente por los dueños. Todos conservarían su posición siempre y nadie aspiraría a la posición de entrenador nunca, ya que solo habría espacio para un motivador y los dueños; los directivos realmente serían simples voceros de estos últimos y ningún jugador podría pensar en llegar a convertirse en directivo, ya que los dueños consideraban que habían nacido para ser jugadores toda su vida.

Ese día, el corazón y mente de nuestro futbolista, se convirtieron en una maraña de estambre enredado por las manos de quienes nunca conocieron realmente de fútbol. Ese fue un día muy triste y oscuro…

Pero en algún punto de su confusión, algo iluminó su mente y confortó su corazón; entendió que el fútbol no estaba limitado a ese uniforme, esa cancha, ese equipo y los que se sentían dueños del deporte. No. Dependía de haber sido elegido y llamado para ser futbolista, así que tomó su uniforme anterior, sus zapatos anteriores, su playera anterior, sus calcetas y espinilleras anteriores, y salió corriendo de ese lugar. Descubrió que todo eso "anterior", era en realidad parte de su identidad como futbolista y que su llamado era a jugar fútbol, no a jugar lo que fuera que se les ocurriera a los que se sentían dueños, no solo del equipo, sino hasta del deporte.

Y salió. Corrió. Encontró un nuevo campo donde cumplir su destino: jugó fútbol y se convirtió en entrenador, apegado a las reglas, al reglamento del deporte que lo identificaba y que se había convertido en su vida, desde aquel maravilloso día en que abandonó el mundo del voleibol para siempre.

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