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Recuerdos de una Mañana de Navidad



Todos mis amigos del barrio me dijeron que Santa Claus era el que llegaba la víspera de la Navidad y que nunca supieron de un ángel que llevara regalos. Mamá vivió en América durante muchos años y bendecía a su nueva tierra como su hogar permanente, pero siempre fue tan italiana como la polenta y el espaguetti y, para ella, siempre sería el Ángel de la Navidad. "¿Quién es este Santa Claus?", solía decir. "Y, ¿qué tiene que ver con la Navidad?".

Además, debo reconocer que nuestro ángel italiano no me impresionaba mucho. Santa Claus siempre era más generoso e imaginativo. Les llevaba a mis amigos bicicletas, rompecabezas, bastones de caramelo y guantes de béisbol. Los ángeles italianos siempre llevaban frutas y golosinas italianas.

En esta época navideña en particular, mi comportamiento era todo menos ejemplar. Mis hermanos y hermanas, todos mayores que yo, por lo visto nunca causaban problemas. Siempre era yo Felice, como me llamaba la familia, contra el mundo de los adultos.

Cuando menos un mes antes de la Navidad, mamá me advertía: "Te estás portando muy mal, Felice. Los ángeles de la Navidad no llevan regalos a los niños malcriados. Les llevan un palo de durazno para pegarles en las piernas.

"¿Qué me importa? – contestaba yo - . De todos modos el ángel nunca me trae lo que quiero." Y durante las siguientes semanas hacía muy poco para ‘mejorar mi comportamiento’.

A pesar de que éramos muy pobres, siempre teníamos comida especial para la cena. Después de cenar nos sentábamos alrededor de la vieja estufa de leña, que era el centro de nuestras vidas durante los largos meses de invierno y platicábamos y reíamos y escuchábamos cuentos.

Estoy seguro de que sucede con todos los niños, pero me era casi imposible dormir en la Nochebuena… Me emocionaba mucho la posibilidad de que Santa Claus olvidara que éramos italianos y de cualquier modo nos visitara sin darse cuenta y así, ¡yo recibiría el doble de todo!

En la mañana, bastó escuchar los primeros movimientos, para que todos nos levantáramos y saliéramos disparados hacia la cocina donde estaban nuestras medias y nuestros zapatos.

Todo estaba tal como lo habíamos dejado la noche anterior. Excepto que las medias y los zapatos estaban llenos hasta el tope con los generosos regalos del Ángel de la Navidad... es decir, todos excepto los míos. Mis zapatos estaban vacíos. Mis medias colgaban sueltas en el tendedero y también estaban vacías, pero de una de ellas salía una larga rama seca de durazno.

Alcancé a ver las miradas de horror en los rostros de mi hermano y mis hermanas. Todos nos detuvimos paralizados. Todos los ojos se dirigieron hacia mamá y papá y luego regresaron a mí.

—Ah, lo sabía —dijo mamá—. Al Ángel de la Navidad no se le va nada. El Ángel sólo nos deja lo que merecemos.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

—Ni quería esos regalos tan tontos —exclamé—. Odio a ese estúpido Ángel. Ya no hay ningún Ángel de la Navidad para mí.

Me dejé caer en los brazos de mamá. Ella era una mujer voluminosa y su regazo me había salvado de la desesperación y de la soledad en muchas ocasiones. Todos lloraban junto conmigo.

Después de un rato, mi madre dijo, como si estuviera hablando con ella misma:

—Felice no es malo. Sólo se porta mal de vez en cuando. El Ángel de la Navidad lo sabe. Tal vez el próximo año decida portarse mejor. Pero, por el momento, todos debemos ser felices de nuevo.

De inmediato todos vaciaron el contenido de sus zapatos y medias en mi regazo.

—Ten —me dijeron—, toma esto y esto.

En poco tiempo otra vez la casa estaba llena de alegría, sonrisas y conversación. Recibí más de lo que cabía en mis zapatos y medias.

Más tarde, mi mamá me tomo entre sus brazos y me dijo: Felice ¿entiendes por qué el Ángel de la Navidad no pudo dejarte regalos? El Ángel nos recuerda que siempre tendremos lo que merecemos. No podemos evadirlo. Nos enseña lo que está bien hecho y lo que está mal y, así, cada año seremos mejores.

Jamás he olvidado aquella Navidad tan lejana. Desde entonces, la vida no siempre ha sido justa ni tampoco me ha ofrecido lo que creí merecer, ni siempre se me ha recompensado por portarme bien... pero nunca olvidé que cuando hay perdón, cuando las cosas se comparten, cuando se da otra oportunidad y amor sin límite, el Ángel de la Navidad siempre está presente y siempre es Navidad.

Fuente: El Almanaque
Adaptación: David Franco (Noviembre 2007)



¿Que por qué recordé este cuento? Bueno, porque habla del perdón en Navidad. Y es en esta fecha en que celebramos a aquél que siendo Dios se hizo hombre y vino a nacer como un pequeño bebé, un niño que creció y vivió entre nosotros para cumplir una misión: Morir en una cruz para perdonar nuestras desobediencias, nuestro pecado y permitirnos acercarnos nuevamente a Dios Padre. El “Ángel de la Navidad” realmente no es un repartidor de regalos; fue un mensajero, un ángel enviado por Dios, que llevó una nueva sin igual a los pastores allá en Belén (Lucas 2:8-20).

Hoy, ese mensaje para nosotros es: que si reconocemos nuestra condición de pecadores, nos arrepentimos verdaderamente, creemos que Jesús es el Hijo de Dios y que murió en la cruz del calvario en nuestro lugar, derramando su sangre para perdonarnos y justificarnos delante del Padre (Romanos 5:1, 8), resucitando al tercer día venciendo así a la muerte y le recibimos y confesamos como nuestro Salvador, El nos dará la vida eterna (Romanos 10:9) y llenará nuestros corazones con la paz de la Navidad todos los días y, como para Felice, existirá el perdón en nuestras vidas y Jesús vivirá para siempre con nosotros, y podremos morar para siempre con Él (Juan 3:16).

Comentarios

David López-Cepero ha dicho que…
Ay amigo, y es que esa es la Navidad verdadera, cuando Cristo nace en nuestros corazones por medio, no de su Belén, sino de su Calvario, y nos inunda de su presencia restauradora, y llena de perdón.

Bonita historia. Un abrazo, amigo.
Gracias por tu visita, tocayo:

Esa, como dices, es la verdadera Navidad. No importa la fecha, cada quien tenemos la propia. Oremos y trabajemos por aquellos que la celebran el 25 de diciembre pero que no la llevan en su corazón.

Que Dios te siga bendiciendo.

Por cierto, tu fábula es brillante, me gustó mucho.

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