Reconocer la bendición que son y honrarlas como Dios espera, en su día y todos los días del año.
Cada 10 de mayo, México hace un alto para celebrar a las madres. Hay flores, mariachi, comida, fotografías. Y está bien. Hay razones para hacerlo. Pero detrás de ese bullicio festivo se esconde algo más profundo: una verdad que la cultura puede aplaudir un día y olvidar los demás. Las mamás no son solamente figuras afectivas dentro del hogar. Son un regalo de Dios.
Cuando el apóstol Pablo le escribe a Timoteo, le recuerda algo aparentemente sencillo: "trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida, y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también" (2 Timoteo 1:5). Aquí no hay un sermón explícito, sino un dato que ilumina toda una historia. La fe genuina de Timoteo —ese joven que llegó a ser uno de los colaboradores más cercanos del apóstol— tuvo un nombre y rostro materno antes de tener un púlpito. Eunice no fue una nota al margen en su biografía espiritual. Fue el primer pasillo por donde el Evangelio caminó hacia su corazón.
Y eso ocurre, a diferente escala, en miles de hogares cristianos en cada generación.
La cultura actual celebra a las madres con frases bonitas, pero al mismo tiempo ha aprendido a hablar de la maternidad como si fuera una carga: un obstáculo profesional o una decisión que denota falta de ambición. La maternidad ha sido desplazada del discurso público, justo cuando más necesita ser afirmada. La Biblia camina en dirección contraria. En Proverbios 31:28 leemos: "Se levantan sus hijos y la llaman bienaventurada; y su marido también la alaba". Este versículo no idealiza a una mujer perfecta, más bien describe a una mujer trabajadora, fiel en su casa, temerosa de Dios, reconocida cada día por los que la rodean. La bendición no se mide en redes sociales ni en aplausos públicos. Se mide en hogares formados.
Pensemos en lo que una mamá creyente hace, casi sin pretenderlo: repite versículos que sus hijos terminan abrazando toda la vida; ora por nombres y por situaciones que ningún biógrafo registrará; corrige con paciencia y modela una vida de fe en lo cotidiano, antes que cualquier predicador suba al púlpito para hablarle a sus hijos. La instrucción materna no es un asunto menor en las Escrituras. Salomón lo pone así: "Oye, hijo mío, la instrucción de tu padre, y no desprecies la dirección de tu madre" (Proverbios 1:8). Y vuelve a aparecer en Proverbios 6:20. Dios coloca la enseñanza materna al mismo nivel de autoridad que la paterna en la formación del corazón. Eso no es un detalle menor. Es diseño.
A toda mamá cristiana que esté leyendo: el cansancio acumulado, las noches sin dormir, las oraciones repetidas, las lágrimas calladas, nada de eso pasa desapercibido para Dios. Lo que parece una rutina sin importancia está construyendo eternidad. Lo que parece esfuerzo sin retribución está dejando una huella espiritual que tus hijos llevarán mucho después de que dejes de estar a su lado. No te midas por la madre que crees que deberías ser. Mídete por el Dios que te llamó a este oficio y que te sostiene en él.
A los hijos que aún viven bajo el cuidado de sus padres: obedecer a la mamá no es una formalidad cultural. Es un mandato divino. "Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra" (Efesios 6:1-3). Honrar a tu mamá no es algo que haces sólo cuando es conveniente. Es una postura sostenida del corazón.
A los hijos adultos: el mandamiento no caduca. Cambia de forma, no de fuerza. La obediencia infantil deja paso a la honra responsable. Llamar, visitar, cuidar, apoyar, sostener cuando las fuerzas de mamá ya no son las de antes, todo eso es parte de honrarla como Dios espera. Salomón lo dice claramente: "Oye a tu padre, a quien engendraste; y cuando tu madre envejeciere, no la menosprecies" (Proverbios 23:22). El menosprecio rara vez es frontal. Suele ser silencioso: la llamada que no se hace, la visita que se pospone, el tiempo que siempre se reserva para algo que parece más importante.
Este 10 de mayo es importante no solo regalar flores, sino mirar hacia arriba. Las mamás no son obra de la casualidad biológica ni del calendario social. Son un regalo del Dios que entreteje hogares, que coloca personas en el lugar exacto donde su presencia hará toda la diferencia, y que estableció la maternidad como un oficio digno de honra.
Tienes una mamá cristiana: da gracias y camina como hijo agradecido. Tienes una mamá que aún no conoce a Cristo: ora por ella y hónrala mientras esperas. Tu mamá ya partió: vive en gratitud por lo que sembró. En cualquiera de los casos, la respuesta correcta es la misma. Reconocer la bendición. Vivir como hijo agradecido delante de Dios. Y dejar que la fe que recibimos en casa siga viajando hacia la siguiente generación.
Que el Señor honre a cada madre fiel de nuestra congregación y de cada hogar que lea estas líneas. Y que cada hijo, joven o adulto, encuentre la gracia para vivir como hijo agradecido delante de Dios.
— Pastor David Alberto Franco, Iglesia Bautista Bíblica Independiente Verdad y Vida

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