Debajo del escritorio

Por David Franco
4/Abr/2008
En memoria de mi amigo Carlos Trujeque Martinez
(Publicado originalmente en AsíPienso.Org el 8 de abril de 2008)



—Estaba en el trabajo. Nunca, nunca llego tan temprano, pero supe que todos los de noticieros llegarían antes de lo de costumbre, así que la chamba iba a ponerse buena.

Seguramente Toño y Raúl me buscarían primero, o al menos eso pensé. Nunca me imaginé que Don Guillermo tuviera tanta prisa y es que ya iba a iniciar su noticiero matutino. Chava y los dos Migueles llegan siempre después de las siete, así que supe que tendría tiempo suficiente para atenderlos.

En fin que terminé con Don Guillermo y corrí al edificio de Río de la Loza a buscar a Memo, que debía haber llegado para ese momento y…

—¿Ya escuchaste?

—No me interrumpas. Te decía que llegué a su oficina.

—Te digo que se escucha un sonido como de martillo.

—Claro, sí, sí, lo que digas. Por cierto, desde aquí veo todos los chicles que Memo ha dejado debajo, Ja, ja, ja. ¡Nunca me lo hubiera imaginado! Uno rosa, uno verde, uno… ¡cof! ¡cof! ¡cof! Maldito polvo, siempre me hace toser.

—Se oye más cerca, ¿lo oyes?

—Cuando llegué a la oficina de Memo, te decía, me sentí mareado y pensé que me había excedido la noche anterior, ya sabes, estuvimos aquí hasta las diez de la noche y me tome un par de cervezas con los muchachos de “Videotape”. Además me levanté como a las cuatro para llegar acá a las seis.

Todo fue muy rápido y cuando escuche un crujir espantoso que parecía que algo arrancaba el techo, lo único que se me ocurrió fue meterme debajo del escritorio de Memo; lo bueno es que es metálico y fuertote, ya lo comprobé. Lo siguiente que supe fue que alguien me quitó el piso, ¿ves? por eso estoy todo chueco y las patas del escritorio me están aplastando la pierna derecha. Todo se puso negro pero es que se fue la luz y hubo mucho polvo; creo que duró dos horas completas y yo, tose y tose, creí que me ahogaba.

—¡Están golpeando justo aquí! ¿Sientes?

—¿Qué? Ah, sí, es verdad…

—¿”Vaguen”?

—Sí, estoy aquí, bajo el escritorio…

—¿Y con quien hablas? ¿Están bien los dos?

—¿Cómo que con quien hablo? ¡No hay nadie más! ¡¿No ves que todos llegan tarde?!

—No tienes idea "Vaguen"… ¡Volviste a nacer!

—Y qué, ¿ahora vas a decirme que tú eres mi papá? ¡Chale papá!

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La semana pasada pasé frente a Televisa caminando y pude reconocer un rostro detrás de un anaquel de dulces, en un puesto de lámina sobre la banqueta de Arcos de Belén. Era el “Vaguen". Cuando en aquel 19 de septiembre de 1985 la Ciudad de México colapsó por un terremoto de 8.1 grados en la escala de Richter (bueno, solo una parte del Centro, Colonia Roma y otros lugares alrededor de estas áreas), el edificio de Televisa Chapultepec, arrastrado por una antena de 30 metros de alto y varias toneladas de peso, cayó sobre la avenida Doctor Río de la Loza y cobró la vida de varios de mis compañeros de trabajo.


Algunos alcanzaron a salir justo a tiempo. Otros tuvimos la bendición de Dios de estar de vacaciones y unos pocos vivieron el milagro de sobrevivir enconchados en rincones y debajo de escritorios, atrapados entre los escombros. El “Vaguen” fue uno de ellos.

Tuve la intención de saludarlo, pero estoy totalmente seguro de que no me recuerda. En aquel entonces era yo un trabajador temporal, miembro de la "tropa" y nunca tuve la necesidad de que me boleara los zapatos. El “Vaguen” era el “bolero oficial” de Noticieros y Eventos Especiales y Deportivos.

Tengo que verlo una vez más para decirle lo afortunado que es. Haber “vuelto a nacer” lo califica para “nacer de nuevo". Se lo voy a decir.
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